EN IGUALDAD LA CLAVE ES EDUCAR

No ha pasado tanto tiempo desde que las mujeres, en este país nuestro, tenían que pedir permiso a sus padres o maridos para trabajar o para abrir una cartilla en el banco, tiempos en los que no podían ni votar, ni ir a la universidad, ni participar plena y libremente en la esfera social. No hace tanto que su presencia mayoritaria y casi exclusiva en el ámbito doméstico era lo decente, lo establecido, lo debido.

Desde entonces, y gracias a las personas que han luchado decididamente, desde hace varios siglos ya, por la tan necesaria equiparación de derechos y por la eliminación de las jerarquías en función del género, han cambiado muchas cosas y han cambiado muchas actitudes.

Existen, sin embargo, momentos en los que nos puede llegar a invadir el desánimo y la frustrante percepción de que aún queda lejos la tan ansiada igualdad ante algunos datos con los que nos encontramos cada día, de hecho, hemos comenzado este año con un número dramático y estremecedor de mujeres asesinadas por su pareja o expareja, víctimas de los terribles resultados de una violencia cuyo germen se relaciona directamente con la desigualdad y los diferentes y estereotipados procesos de socialización que mujeres y varones interiorizamos acerca de nuestros roles, tanto en la esfera individual como en las relaciones afectivas que desarrollamos.

Sin olvidar que, además, convivimos diariamente con otras manifestaciones palpables de esa desigualdad: la violencia física, psicológica, sexual,…; el aún desigual reparto de las tareas domésticas y de cuidado; la comprobada brecha salarial (las mujeres tendrían que trabajar alrededor de 100 días más al año para equiparar el salario de los varones); los superiores índices de desempleo femenino; la mayor dificultad para acceder a puestos directivos y de responsabilidad (Amelia Valcárcel comenta irónicamente: “Eso sí, con un mocho te admiten en cualquier despacho, incluso en la Banca y en el Vaticano”); la escasa (a veces, nula) presencia femenina en múltiples esferas de la cultura y el saber: en los libros de texto, en las cátedras (a pesar de ser mayoría en las aulas de las universidades), en las reales academias (donde no llegan ni al 10%), en las exposiciones de los museos (sólo un 8%), en la concesión de premios, etc., etc.,etc.

Sabemos de los altibajos naturales inherentes a cualquier gran cambio social, desde luego, pero en nuestra mano está perseverar para que la igualdad de derechos y oportunidades esté cada vez más cerca y se convierta en una realidad. Y, para ello, no cabe ninguna duda de la necesidad de una toma de conciencia de mujeres y varones de nuestra propia interiorización de estereotipos y prejuicios sexistas, de lo que enseñamos y transmitimos a las nuevas generaciones, no sólo a través de la palabra, sino, y sobre todo, a través de nuestra forma de ser, de vivir y de actuar. No hay que olvidar el primordial papel que la EDUCACIÓN desempeña en la construcción de una sociedad más justa e igualitaria en derechos, ya que una de las principales fuentes de aprendizaje es la observación e imitación de figuras de referencia. Tengamos en cuenta, pues, que:

  • Educamos cuando rechazamos explícita y contundentemente cualquier forma de menosprecio y violencia a las mujeres.
  • Educamos cuando, en las familias, repartimos equitativamente las tareas del ámbito doméstico y de los cuidados.
  • Educamos cuando, tomamos conciencia y reclamamos, todas y todos, el legítimo derecho a la conciliación personal, familiar y laboral.
  • Educamos cuando cuestionamos esos mitos del “amor romántico”, ese amor ligado al sacrificio, la culpa y la sumisión.
  • Educamos cuando discrepamos del modelo de masculinidad asignado que les impide a los hombres mostrarse tal y como son en aras de ser los más fuertes, los más arriesgados, los más violentos. De hecho, hombres socialmente influyentes (deportistas, actores, escritores, periodistas…) están mostrando públicamente su rechazo a ese modelo socialmente construido.
  • Educamos cada vez que reivindicamos las mejoras justas y necesarias en cuanto a la equiparación de las condiciones laborales entre mujeres y varones.
  • Educamos cuando valoramos y visibilizamos a esas maravillosas mujeres que han formado y forman parte de la historia, de la ciencia, de las artes, del deporte, etc. Y que son referentes para nuestras niñas, para la construcción de su lugar en el mundo como adultas.
  • Educamos cada vez que alzamos una voz crítica contra manifestaciones sociales, culturales, artísticas y publicitarias que denigran y maltratan a las mujeres y a todo lo que tiene que ver con lo femenino. No se trata de censurar, por supuesto que no, pero sí de reflexionar sobre ello para decidir qué ver, qué escuchar, qué leer, qué seguir…de forma consciente e intencional (Es curioso ver cómo, una vez que alguien desarrolla el “radar mental” que las detecta, ya no se le pasa ni una)
  • Educamos cuando no excluimos a nadie a través del lenguaje y cuando no utilizamos comentarios despreciativos hacia las niñas y las mujeres (chistes machistas y expresiones, por ejemplo, como “eres un nenazas” no son inocentes y crean una imagen simbólica negativa de lo femenino, adjudicándole inmediatamente menos valor que lo masculino)

Debemos, pues, educar y pelear, como decía la filósofa, historiadora, periodista y política Rosa Luxemburgo, “por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres”.

Todas y todos saldremos ganando… La sociedad saldrá ganando.

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