Los miedos no se van de vacaciones

Ahora que ha llegado el verano, nos apetece salir más, conocer nuevos lugares, quedar más a menudo con gente, organizar rutas en plena naturaleza, disfrutar de días de sol, prado y playa, en definitiva, nos apetece poder realizar todas las actividades que, en invierno, por climatología, por horarios, etc., resulta más complicado llevar a cabo.

Sin embargo, a veces, el miedo entra en escena…

“Las personas que piensan que no son capaces de hacer algo, no lo harán nunca, aunque tengan las aptitudes” (Indira Gandhi)

Hay bastantes personas que, aunque lo deseen, no llevan a cabo muchos de esos planes porque tienen arraigado algún miedo:  miedo a subir a un autobús o a un avión, miedo a estar en lugares con mucha gente, miedo a subir a un monumento o a una pequeña montaña, miedo a tener un problema de salud y estar fuera de casa, miedo a quedarse a solas, miedo al agua del mar o de la piscina, miedo a perder el control, miedo a tener un accidente… y, lo que más limita y condiciona: miedo a pasarlo mal por tener miedo.

 “Aprendí que la valentía no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre el miedo” (Nelson Mandela)

Esta es la clave, que no se trata de no tener miedo, sino de aceptar el miedo como una emoción desagradable, sí, pero no peligrosa, y comprometernos, entonces, con nuestros objetivos de vida, con nosotros/as mismos/as para poder ir haciéndoles frente de forma gradual y progresiva.

“Dejamos de temer aquello que se ha aprendido a entender” (Marie Curie)

Para empezar a abordar nuestros miedos no hay nada como entender sus características, sus mecanismos. Desde que nacemos aprendemos, bien a través del modo de funcionar de las personas adultas que nos rodean, bien a través de nuestras propias experiencias, a asociar determinadas situaciones con la sensación de peligro. Y es que, sin miedo, no existiríamos. El miedo es una emoción fundamental para la supervivencia. Por eso, si alguien pretende eliminarlo, que se quite esa idea de la cabeza, salvo que se quiera convertir en una maceta. Es como el sistema de alarma de los comercios si entran a robar. El problema es que, en muchas ocasiones, por aprendizajes erróneos, ese sistema nuestro de alarma (la amígdala cerebral, para más señas) se activa sin que haya nada real de lo que nos tengamos que defender, se activa sólo al imaginar posibles peligros que nos pueden suceder. Entender, pues, el funcionamiento y la sintomatología del miedo nos va ayudar a sobrellevarlo mejor y a temerle menos.

“Unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen y otros no duermen por el pánico a perder las cosas que tienen” (Eduardo Galeano)

El temor a perder la vida, la salud, el afecto de los demás, la integridad, la dignidad como personas, suponen las raíces de las que parten los miedos. Son miedos universales, naturales y adaptativos, salvo cuando, por desproporcionados e infundados, se convierten en patológicos, cuando nos anulan y limitan produciendo una verdadera “cárcel de pánico”.

 “… Y en el miedo me hice vieja, llena de miedo y de años…” (Rosa León)

Está demostrado que el miedo irracional no se va si no lo afrontamos. Y si, cuando tenemos miedo, nos dejamos llevar por la tendencia innata de evitación, no nos enfrentaremos y acabaremos viendo cada vez más y más limitados nuestro bienestar y nuestra vida.

“El momento que da más miedo es justo antes de empezar” (Stephen King)

Siempre es peor lo que anticipamos previamente que la realidad. Si en ese momento escapamos, lo que, en principio puede parecernos el mejor mecanismo de defensa, no es más que un alivio, un refuerzo a muy corto plazo, que, a la larga, afianzará más aún el miedo y la desconfianza en nosotros/as mismos/as.

“No le tengo miedo a las tormentas ya que estoy aprendiendo a navegar mi barco” (Louise May Alcott)

No hay, como ocurría en El Mago de Oz, diplomas al valor que conjuren nuestros miedos, pero sí podemos hacerles frente poco a poco, con diversas técnicas de exposición, de forma gradual y progresiva, con ayudas, con elementos de apoyo que faciliten la extinción de nuestros miedos condicionados (aprendidos), que incrementen nuestra sensación de control, que posibiliten la aparición de expectativas más adecuadas y realistas, que nos permitan observar que aquello que tememos no llega a suceder o, si sucede, no es tan terrible como anticipábamos.

“Salí al escenario y, al ver a toda esa gente, tuve un ataque de nervios… Entonces, traté de cantar…” (Ella Fitzgerald)

Salgamos, pues, al escenario de la vida y hagamos lo que podamos, siempre va a ser mejor que no hacer nada. Pero hagámoslo aceptando que vamos a tener miedo, jerarquicemos las situaciones de temor de más fáciles a más difíciles, aumentemos cada vez más el tiempo que nos exponemos, aprendamos a manejar la ansiedad que nos provoca el miedo y sustituyamos el diálogo interno de “Esto es horrible, soy cobarde, no puedo…” por “Tengo miedo, sí, pero voy a ver cómo puedo enfrentarme a esto…”

Así pues: ¿Quién dijo miedo?DSC_0079

 

 

 

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