Algunas recomendaciones para sufrir menos

Año nuevo, vida nueva. Tras las uvas (o lo que cada uno prefiera) de la nochevieja es momento de hacer balance de todo lo que está bien en nuestra vida y nos conviene mantener, pero también de todo lo que no nos viene bien, aquello que no nos ayuda a estar mejor o que, incluso, nos perjudica y nos puede conducir directamente a la casilla del estrés, de la ansiedad o de la depresión.

Que cuesta hacer cambios, lo sé… Que los hábitos, aunque nos resulten perjudiciales, no se modifican así como así, lo sé… Va en nuestra naturaleza humana, qué le vamos a hacer…

Ahora bien, que nos lleve tiempo y esfuerzo no significa que no se pueda lograr, especialmente si la recompensa es tener un mejor estado psicológico y emocional.

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No hay fórmulas mágicas, pero sí ciertas orientaciones que, con algo de paciencia y cierta constancia, pueden ayudarnos en nuestro propósito. Aquí les dejo 6 sugerencias que, espero, les puedan servir:

  • Afrontar lo que ocurra lo mejor que se pueda. A todo el mundo nos gusta que las cosas salgan como esperamos o que transcurran de la forma en que creemos deben transcurrir, pero la realidad nos muestra que no siempre es así, que, en algunas ocasiones, lo que ocurre no nos parece bien y, encima, a veces, nos molesta y nos daña. Podemos decidir entonces quedarnos “rumiando” nuestra desventura y mala suerte o, tras el lógico primer momento inicial de rabia, tristeza o frustración, podemos buscar la forma de hacer frente a la nueva situación acaecida. Lleva más trabajo, pero, desde luego las consecuencias no van a ser las mismas.
  • No depender del cariño y de la aprobación de los demás. También nos gusta que nos aprecien y nos quieran, y, por supuesto, no nos agrada sentir el rechazo de nadie, ya sea en el ámbito laboral, en el social o, incluso, en la propia familia, pero si esto lo convertimos en una necesidad terminaremos siendo, con mucha probabilidad, títeres en manos de los demás, dejaremos que violen nuestros derechos e, incluso, planificaremos nuestra vida en función de otras personas. Tengamos claro, pues, que nuestro bienestar no puede depender de factores externos, de que nos quieran o de que nos den una palmadita en la espalda.
  • Ser más flexibles. No hay una única manera de ser o comportarnos, ni para nosotros/as ni para los demás. Y empeñarnos en funcionar con esa “tiranía de lo debido” nos lo va a hacer pasar muy mal. La rigidez mental nos lleva a desgastadoras luchas internas, a no adaptarnos adecuadamente a los cambios y a no sentir ninguna empatía ante las circunstancias de otras personas. Abramos, entonces, nuestra mente a otras posibilidades, practiquemos la sana costumbre de contemplar planes B cuando nuestras primeras opciones no puedan ser llevadas a cabo y no tengamos tanto miedo de salir de nuestra zona de confort, segura sí, pero también inmovilizadora.
  • Priorizar el valor de las pequeñas cosas. Es algo que siempre se dice y que, sin embargo, siempre se nos olvida, con lo que terminamos poniendo el foco en todos esos aspectos que esta sociedad de consumo compulsivo nos vende como necesarios, como imprescindibles para nuestro bienestar. Aunque el gran Groucho Marx mantenía en uno de sus geniales diálogos que “la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…”, no son esas pequeñas cosas precisamente las que nos van a ayudar a evitar el fantasma de las crisis de angustia o de los estados depresivos.
  • Ayudar en lo que podamos a los demás. Está comprobado que ayudar a otras personas nos alarga la vida, aumenta nuestra autoestima y reduce el estrés. Cuando ayudamos, compartimos el bienestar de la persona que recibe esa ayuda. Eso sí, no se trata de cargar sobre nuestras espaldas con todos los problemas de los demás, no seríamos capaces entonces de ofrecer una ayuda adecuada; tampoco se trata de buscar reconocimiento, eso estaría reflejando un importante problema de inseguridad, se trata de ofrecer nuestra ayuda de forma humilde y altruista a quienes lo puedan necesitar.
  • Poner el foco de atención más a menudo en el aquí y el ahora. Eso va a hacer que rumiemos menos sobre el pasado (que ya no podemos cambiar) y sobre el futuro (del que no tenemos mucha idea de cómo va a ser). Además, nos permite, si el momento presente es positivo, no pasar de puntillas por él y disfrutarlo con mayor plenitud, y, si el momento presente es negativo, nos facilita hacer los cambios necesarios, y buscar las soluciones más eficaces. ¿Qué mejor momento que el actual para poder hacerlo, no les parece?

Tenemos 365 días por delante para entrenarnos en sufrir menos, para que este nuevo año sea un buen año. Que la fuerza les acompañe.

 

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