Máscaras que dañan

Es febrero tiempo de disfraces, antifaces, pelucas, máscaras… Elementos con los que, en muchas ocasiones, lo que pretendemos es, simplemente, saltarnos de forma lúdica algunas reglas sociales impuestas y, así, por unos días, transformarnos en lo que no somos, mostrándonos como personajes con una identidad distinta a la nuestra propia, sin mayores consecuencias que pasarlo bien y soltar tensiones dando rienda suelta a la libre manifestación de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu.

Sin embargo, durante el resto del año, puede que, en alguna ocasión y aunque no nos guste reconocerlo, también lleguemos a comportarnos de forma hipócrita al utilizar en nuestra vida cotidiana algunas máscaras de esas que no se ven y que no se corresponden con lo que somos, con lo que sentimos o con lo que pensamos.

El término hipocresía proviene del griego y, en su origen, hacía referencia a actuar, a fingir, a usar máscaras. En la Grecia clásica ser un hipócrita era, pues, ser un actor que representaba un papel, no había ninguna connotación negativa. Fue con posterioridad cuando se amplió su uso para denominar a aquellas personas que suelen actuar en su vida cotidiana, que suelen fingir ser lo que no son.

mascaresResulta interesante darnos cuenta de por qué sentimos la necesidad de ocultarnos tras esas máscaras, y es que los motivos suelen estar relacionados fundamentalmente con tres variables: la falta de autoestima, los miedos o la evitación de una realidad dolorosa. Veamos varios ejemplos:

  • Máscara pasiva: cuando no decimos lo que no nos gusta, ni mostramos lo que de verdad sentimos, poniendo a todo buena cara para no molestar, para no ofender, para no generar tensiones y vamos acatando sumisamente todo lo que los demás imponen.
  • Máscara dependiente: cuando nos importa excesivamente la opinión y, sobre todo, la aprobación de los demás, y sacrificamos nuestras ideas, intereses, objetivos y necesidades para evitar, así, sentir angustia por un hipotético rechazo.
  • Máscara suspicaz: cuando, por experiencias dolorosas previas, la inseguridad y la desconfianza se convierten en habituales en nuestra forma de sentir, haciendo que no nos mostremos tal cual somos, funcionando siempre en modo alerta y a la defensiva, al creer que, así, evitaremos sufrir daño de nuevo.
  • Máscara arrogante (o de postureo): cuando no nos gusta nuestra propia realidad y fingimos ser otra cosa de lo que somos, o aparentamos tener lo que no tenemos o simulamos saber lo que no sabemos, creyendo, erróneamente eso sí, que vamos a llenar el vacío de nuestra vida con espejismos que se diluyen a la primera de cambio.
  • Máscara manipuladora: cuando fingimos para conseguir salirnos con la nuestra, como cuando adoptamos un rol victimista o cuando caemos en conductas de peloteo y adulación.
  • Máscara escapista: cuando hemos metido la pata o incluso dañado a alguien con nuestro comportamiento y hacemos como que no hemos hecho nada malo, tanto para evitar los reproches y las críticas, como para no tener que pedir perdón.
  • Máscara de protección: cuando no queremos parecer vulnerables y nos ponemos una máscara de seguridad y fortaleza para poder ganarnos el respeto de los demás, o nos ponemos una máscara de humor para superar situaciones que nos generan incomodidad.

Que funcionemos así de manera puntual no va a traer mayores consecuencias, incluso puede ser prudente y aconsejable para evitar algunos “sincericidios” que sólo servirían para causar sufrimiento y dolor. El problema surge cuando fingir se convierte en algo habitual en el día a día. Y, si bien es cierto que las caretas nos dan seguridad, no lo es menos que a un precio demasiado alto, ya que si las utilizamos de forma reiterada acaban distorsionando nuestra identidad y nuestra vida, favoreciendo, con frecuencia, el desarrollo de problemas de ansiedad, de incomunicación, de soledad, de vacío, así como una constante sensación de alerta por si se nos acaba cayendo la máscara y nos acaban descubriendo. Todo ello termina causando un importante daño, tanto a uno mismo como a los demás.

No olvidemos, entonces, que nuestra identidad se compone de tres aspectos fundamentales:  la percepción de cómo nos vemos a nosotros mismos (yo real), la percepción de cómo nos gustaría vernos (yo ideal) y la percepción de cómo nos ven los demás (yo social). La clave estará en equilibrar lo más que podamos estos tres aspectos. Cuanto más semejantes sean mejor nos irá.

Dejemos, pues, las caretas para el Antroxu…

 

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