No, no es una guerra de sexos

Algunas reflexiones en torno a la lucha por la igualdad

Cuando se hablaba de “guerra de sexos” siempre pensé que se hacía referencia a esos duetos memorables del cine clásico de las décadas de los 30 y los 40 del siglo pasado. Crecí viendo en nuestra televisión pública aquellas películas en las que, a través de unos diálogos ágiles e ingeniosos, llenos de dobles sentidos, en plena época de depresión económica, se transgredían los patriarcales valores tradicionales y se mostraba la transformación del papel social de las mujeres. Eran películas en las que ellas ocupaban los primeros planos junto con ellos (aunque ya sabemos que no había igualdad en cuanto al sueldo cobrado) Eran películas que nos mostraban mujeres complejas, fuertes, desenfadadas, divertidas, osadas, inteligentes…, y no meros personajes planos, de relleno o mujeres-floreros. Actrices como Carole Lombard, Barbara Stanwyck, Catherine Hepburn, Bette Davis, Lauren Bacall o Mirna Loy, dejaban para la historia del cine mujeres totalmente alejadas de las protagonistas sumisas y resignadas, que, mayoritariamente, salían (y siguen saliendo) no pocas veces en nuestras pantallas.

Pues resulta que estamos en el año 2018 y la lucha feminista por la igualdad de derechos se quiere convertir, según algunos, en una guerra de sexos. Pero no en una “guerra” de afilado ingenio, sino en una guerra en la que se nos acusa de querer denigrar a los hombres, a todos los hombres. Así, en los últimos años, asisto con estupefacción a los constantes y virulentos comentarios despectivos que asoman ante cualquier noticia en los medios relacionada con la igualdad y el género, comentarios que, ni por asomo, aparecen, ni en cuanto a frecuencia ni en cuanto a odio, en los casos en los que las noticias tratan de corrupción, violaciones o paro, por poner algunos ejemplos. La verdad es que no hay nada nuevo bajo el sol, desde su comienzo, las teorías feministas siempre han sido objeto de descalificaciones, insultos y demonización.

Y, por más que miro, no veo esa guerra de sexos por ningún lado. Veo, sin embargo, mujeres y hombres feministas que sólo intentan crear un mundo mejor, más justo, más solidario. Pues la tan ansiada igualdad se da de bruces con la realidad de cada día: la dramática y estremecedora cifra de mujeres asesinadas por su pareja o expareja, la violencia física, psicológica, sexual,…; el aún desigual reparto de las tareas domésticas y de cuidado; la comprobada brecha salarial (las mujeres tendrían que trabajar alrededor de 100 días más al año para equiparar el salario de los varones); los superiores índices de desempleo femenino; la mayor dificultad para acceder a puestos directivos y de responsabilidad (Amelia Valcárcel comentaba irónicamente: “Eso sí, con un mocho te admiten en cualquier despacho, incluso en la Banca y en el Vaticano”); la escasa (a veces, nula) presencia femenina en múltiples esferas de la cultura y el saber: en los libros de texto, en las cátedras (a pesar de ser mayoría en las aulas de las universidades), en las reales academias (donde no llegan ni al 10%), en las exposiciones de los museos (sólo un 8%), en la concesión de premios, etc.

La filósofa Ana de Miguel afirma contundente: “Este país necesita entender que la igualdad no está conseguida, ni mucho menos. Tiene que saber que la desigualdad ahora entre niños y niñas se reproduce no por las leyes, porque ya son igualitarias, sino por el mundo de los medios de comunicación, del arte, de las canciones, de los videoclips, de la pornografía, de la prostitución, de la literatura…Es difícil, pero podemos decir dos cosas objetivas: una, que en los institutos se está hablando de feminismo y de machismo, y eso no había sucedido en generaciones anteriores. Y dos, que a la última manifestación del 8 de marzo vinieron decenas de miles de niñas y niños de Bachillerato”

Es una realidad que, a lo largo del año pasado, parece que muchas cosas han cambiado, todo lo ocurrido alrededor del caso de La Manada nos ha dado idea, como sociedad, de lo que todavía queda por alcanzar, de la magnitud de las insoportables violencias que se pueden llegar a causar. Además, el movimiento “Yo también” ha sido una catarsis colectiva y de sororidad que significa un rotundo y contundente ¡Basta ya!

Uno de los Blasillos del Gran Forges decía en uno de sus famosos “bocatas” que “Mismo trabajo, igual sueldo; misma casa en que bregar; mismos hijos que cuidar; que muchos hombres queremos compartir y no ayudar; que compartir es amar compartiendo amor del bueno”

No hay ninguna guerra de sexos en la búsqueda de la equidad, sólo la intención de compartir y vivir en igualdad.

Pues eso… Proclamo.

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