¡Fuera complejos!

Aunque a veces no lo parezca, estamos ya en pleno verano, tiempo de vacaciones y de actividades al aire libre. Sin embargo, para algunas personas, tiempo también de inseguridades y complejos. Resulta llamativo constatar como personas bellas y maravillosas sufren porque se sienten carentes de valía al no tener los cuerpos perfectos con los que nos bombardean la publicidad y los medios.

Hasta las relaciones interpersonales pueden verse afectadas por esta generalizada (y muy rentable para algunos) tiranía de la belleza. En la película “Como una imagen”, la directora Agnès Jaoui nos lo muestra a través de la historia de una chica que busca constantemente el afecto de un padre que la humilla por su aspecto físico, sin que muestre el más mínimo interés por el resto de aspectos de la vida de su hija.

La verdad es que asistimos a una completa banalización de la autoestima al quedar reducida al ámbito de la figura y del peso corporal, cuando, sin embargo, tiene que ver con nuestra globalidad como personas, con todas nuestras características, formando, así, uno de los principales pilares sobre los que se asienta nuestra identidad personal. Tener una sana autoestima es como tener puesta una vacuna que nos protege y nos ayuda a afrontar con mayor seguridad y fortaleza los inevitables sinsabores de la vida.

Y, cuando no está bien construida, se nota:

– Encontramos mayor dificultad para tomar decisiones de cualquier tipo, llegando, en muchas ocasiones, a la angustia y al bloqueo.

– Minusvaloramos las propias cualidades, talentos y capacidades, especialmente al compararnos (Y hay bastante tendencia a hacerlo)

– Tenemos una continua sensación de no hacer nada bien.

– Dependemos demasiado de la opinión de otras personas.

– Mantenemos la absoluta creencia de ser poco o nada interesantes.

pato-cisnePues miren, les voy a contar un secreto: de momento, la autoestima no se vende en las farmacias, así que sólo queda el ponerse manos a la obra para mejorarla. Podemos comenzar con estos tres primeros pasos:

  1. Impulsemos nuestra valía. Como no hay nadie perfecto y todo el mundo somos un conjunto de virtudes y defectos, hagamos lo posible por no estar siempre rumiando sobre lo que no nos gusta y potenciemos, entonces, lo bueno que tengamos, ya sea inteligencia, empatía, un cuerpo activo y sano, generosidad, ingenio, afectividad, paciencia, simpatía para contar un chiste, habilidad para cocinar o capacidad para cantar el Nessun Dorma sin desafinar ni una nota (bueno, la canción del verano también vale). Sólo así llevaremos algo de luz a lo que realmente conforma nuestra valía y no siempre sabemos ver.
  2. Abandonemos la comparación obsesiva, esa que lleva a verse inferior a los demás. Si bien, un cierto grado de comparación es del todo inevitable e, incluso, puede resultar estimulante y genera motivación para alcanzar nuevos logros, hay que tener cuidado, pues, a nada que nos descuidemos, estaremos machacándonos con autoexigencias absolutistas que nos llevan a altos niveles de estrés y frustración. Además, no hay que perder de vista que cuando nos comparamos con otros sólo contemplamos sus “fachadas”, y no tenemos ni idea del “photoshop” que puede que haya detrás.
  3. Aprendamos a no depender de la opinión de los demás. Si dispusiéramos de una grabadora que hubiera recogido la cantidad de veces que, en nuestra infancia, escuchábamos, por ejemplo, aquello de “¿Qué van a decir de ti los vecinos si te ven con esas pintas?”, y demás frases similares, entenderíamos rápidamente la influencia de la opinión de los demás en nuestra vida. El qué dirán lo llevamos casi insertado en el ADN. Y en el tema del aspecto físico, la presión social es aún más contundente. Frecuentemente, y más aún en verano, muchísimas conversaciones giran en torno a los kilos que sobran, el pelo que falta o las arrugas que estorban. A todo el mundo nos gusta gustar y que nos aprueben, el problema viene cuando lo convertimos en una necesidad y dejamos de hacer cosas que nos agradan por temor a la crítica o al rechazo social. Relacionémonos desde el respeto hacia los demás, pero sin perder nuestra esencia, sólo así nos tendremos también ese respeto a nosotros/as mismos/as, tan importante para nuestra salud y nuestro bienestar.

La cantante Adele, alguna vez ha contado como, a pesar de su magnífica voz y de su enorme éxito, con 10 premios Grammy y más de 20 millones de discos vendidos en todo el mundo, ha tenido que enfrentarse a numerosos mensajes despreciativos recibidos por su peso corporal. Y, aunque al principio sí que le generaban mucha inseguridad, ahora afirma rotunda que hay cosas más importantes en las que ocuparse y pone su empeño en conseguir que nada de eso arruine su vida. Una buena actitud ante la vida ¿No les parece?

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