CUANDO LOS ERRORES NOS ANGUSTIAN Y ATORMENTAN

Aunque nos propusiéramos tener el mayor de los cuidados en todo lo que decimos y hacemos, nunca vamos a poder evitar equivocarnos. Es así. Cuanto primero lo asumamos, mejor nos irá.

pormafald

Sin embargo, en estos tiempos en los que la competitividad es un valor cada vez más en alza y la valía personal se mide por el éxito obtenido (al menos en apariencia), equivocarse puede suponer un verdadero atentado contra la autoestima, el estado de ánimo y las decisiones que se van tomando.

Parece que se nos olvida que ha habido grandes logros en la historia que surgieron de flagrantes equivocaciones. Ahí tenemos, sin ir más lejos, el descubrimiento del continente americano, el hallazgo de la penicilina, el Ecce Homo de Borja (aunque sea un horror estético ha puesto al pueblo en el mapa y ha hecho aumentar los ingresos por el turismo)

Desde la más tierna infancia aprendemos a considerar los errores como algo muy negativo, algo ante lo cual acabamos experimentando vergüenza, culpa, frustración, ansiedad o rabia. Y así, para compensar, vamos desarrollando mecanismos más o menos sutiles de evitación. Evitamos, por ejemplo, hablar en algunas situaciones sociales por miedo a que nos critiquen o nos juzguen; evitamos tomar numerosas decisiones por miedo a equivocarnos; evitamos explorar nuevas alternativas y opciones por miedo a fracasar; evitamos perseguir nuestros sueños por miedo a decepcionar a nuestros seres queridos; evitamos hacer cosas que realmente nos apetecen por el miedo a hacer el ridículo; evitamos, en definitiva, vivir, porque nos morimos continuamente de miedo.

Lo cierto es que no siempre actuamos de forma adecuada cuando nos equivocamos:

  • A veces damos demasiadas justificaciones, en un intento desesperado de que los demás entiendan nuestro error. Es como si no pudiéramos soportar que nos critiquen o nos rechacen por haber fallado.
  • O puede ser que neguemos la realidad y hagamos como que no ha pasado nada, como mecanismo de protección, para evitar que nos cause malestar.
  • En otras ocasiones, no paramos de criticarnos y reprocharnos por no haber actuado de otra manera, y lo hacemos de forma recurrente y exagerada, como si así fuéramos a cambiar lo ocurrido. A veces, hasta pasamos noches sin dormir dejando que la mente seleccione las más negativas de todas nuestras experiencias, dando vueltas y vueltas a todo ello sin descanso.
  • También puede darnos por culpar a otras personas. Echamos balones fuera y caemos en el victimismo, sin asumir, en ningún momento, nuestra responsabilidad en lo ocurrido, llegando, en ocasiones, a generar verdaderas disonancias cognitivas, ante las cuales, acomodamos la realidad a nuestra tesis de que han sido otros los culpables, eligiendo así aceptar esas disonancias en vez de, simplemente, disculparnos por nuestras meteduras de pata.

 

¿Por qué no nos limitamos simplemente a aceptar la responsabilidad?

Observemos lo qué ha ocurrido y veamos en qué hemos acertado y en qué hemos fallado, con el objetivo de aprender y avanzar. Por supuesto que nos va a molestar habernos equivocado, decir lo contrario sería engañarnos, pero no lo convirtamos en algo terrible, pues no lo es. Miremos, entonces, cómo podemos resolver lo que no ha salido bien y cómo podemos enmendar el daño causado. Pidamos disculpas si fuera necesario. Y tengamos en cuenta lo que ha ocurrido para intentar mejorar, al menos, en la medida en que podamos. Nadie aprende a andar en bicicleta si antes no se da algunos tortazos…

No nos olvidemos, además, de educar en una adecuada tolerancia ante los fallos y equivocaciones, enseñemos a nuestros menores a afrontar las cosas que les salgan mal, porque las habrá, por mucho que les queramos proteger, las habrá… Analicemos con él o ella sobre sus errores y fracasos para que entienda lo que ha pasado, lo que ha salido mal, pero no desde la culpabilización sino desde la asunción de la responsabilidad. Sentirá mayor sensación de control y ganará confianza. Y seamos modelos de vida eficaces: ante situaciones de fracaso o que puedan provocar frustración intentemos mantener en lo posible una actitud positiva, poniendo el foco de atención en lo que podemos hacer para superar las dificultades.

Enseñemos como enseña el personaje de Atticus Finch a sus hijos en la estupenda “Matar un ruiseñor”, de la escritora Harper Lee: “Uno es valiente cuando, sabiendo que ha perdido ya antes de empezar, empieza a pesar de todo y sigue hasta el final pase lo que pase. Uno vence raras veces, pero alguna vez vence”.

 

 

 

 

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