Con la empatía en los talones

Decía Gandhi que “las tres cuartas partes de las miserias y malos entendidos en el mundo terminarían si las personas se pusieran en los zapatos de sus adversarios y entendieran su punto de vista”.

La empatía hace referencia a eso, a entender los pensamientos y las emociones ajenas. Forma parte de lo que Howard Gardner llamaba Inteligencia Interpersonal, un elemento clave de la Inteligencia Emocional. Y surge de dos aspectos: uno biológico y otro aprendido. El primero hace referencia a las llamadas “neuronas espejo”, que nos permiten a los humanos y a los primates percibir e imitar señales emocionales a través del lenguaje corporal; el segundo hace referencia a cómo vamos interiorizando a lo largo de nuestro desarrollo sentimientos y conductas de respeto y comprensión hacia los demás.

Esta parte más educacional es la que hace que la empatía no se desarrolle por igual en todas las personas y haya quienes detectan prontamente el estado emocional en el que otros se encuentran, y haya, también, quienes no lo pillan ni haciéndoles un croquis …

Resulta curioso observar cómo, en esta época en la que se habla constantemente de empatía, parece que es cuando menos se practica. La mayor parte de las veces por torpeza, pero también por entornos de crianza poco empáticos, por desinterés, por egoísmo, por resentimiento, por querer tener la razón, por falta de flexibilidad mental o por intereses mezquinos e insolidarios.

Y es que ya lo decía Concepción Arenal: “Hay gran diferencia entre impresionarse con los males de nuestros hermanos, y afligirse. Para lo primero basta imaginación, y se necesita corazón para lo segundo”

Imaginemos que le comentamos a una persona próxima que llevamos sin dormir varios meses, y que eso no está causando un gran sufrimiento físico y emocional. Nos encontraremos una variada muestra de reacciones y, la mayoría, aunque suelen llevarse a cabo con buena intención, no serían nada empáticas:

  • Habrá quien comience a contarnos sus propios problemas de insomnio, que además serán aún peores que los nuestros, quedando entonces en el olvido nuestra preocupación y nuestro problema. Seguramente querrá ayudar con eso de “mal de muchos, consuelo de tontos”, pero no deja de ser una reacción bastante egocéntrica.
  • Habrá quien, intentando aliviarnos, le quite tanta importancia a lo que nos preocupa que sentiremos cómo un grueso muro de incomprensión se va conformando.
  • Habrá quien se ponga a darnos “recetas” sin parar, encabezando frases con aquello de “tú lo que tienes que hacer es…”. Consejos no pedidos que pueden hasta saturar.
  • Habrá quien nos juzgue, nos reproche o se enfade por nuestro problema, con lo que, en vez de alivio, acabaremos, además, con sentimiento de culpa.
  • Y, finalmente, habrá quien nos escuche con genuino interés, quien nos mire, quien nos diga que nos comprende, quien no nos etiquete ni nos juzgue por lo que nos pasa (aunque no sienta lo mismo y aunque no se sintiera igual si pasara por lo mismo), quien nos dé un abrazo o una caricia reconfortante, quien entienda que nuestras circunstancias hacen que nos sintamos así, quien no nos imponga sus verdades absolutas ni su razón universal, quien nos respete, eso sí, sin convertir nuestro problema en el suyo. Esto es verdadera empatía…

Hace un par de años me hablaron de un proyecto llamado Bibliotecas Humanas, un proyecto en el que, en vez de consultar libros, se consultan personas. Un proyecto que comenzó en el año 2000 en Copenhague y que se ha ido extendiendo por otros lugares con el objetivo de celebrar las diferencias interpersonales y promover que los seres humanos estén dispuestos a escucharse. Cuánta falta nos hace… En nuestras relaciones más cercanas, desde luego, pero también como variados y heterogéneos seres humanos que conformamos el planeta…

Sin duda, la empatía ha demostrado ser una cualidad indispensable para ser una buena persona, un valor a fomentar en las familias, en los colegios, en el conjunto de la sociedad. Y no sólo porque sirva para mejorar la comunicación, la comprensión, la tolerancia, el respeto y el entendimiento, sino porque también supone un beneficio propio, pues, al entender de dónde parten los comportamientos de los demás, cuál ha sido su bagaje de aprendizajes y experiencias o cómo nos sentiríamos y nos comportaríamos si hubiéramos tenido sus mismas circunstancias de vida, eliminaremos absurdos prejuicios y temores, y ajustaremos mejor nuestras expectativas, frustrándonos menos.

Eso sí, que no se quede en un mero postureo propio de estas fechas navideñas, como sucedía en la magistral Plácido, de Berlanga, con esa filosofía de “ponga un pobre en su mesa” que ponía en evidencia la práctica, no de empatía, sino de una caridad humillante y miserable, solo para aparentar. O como sucede en actuales campañas publicitarias explotando sentimientos como anzuelo comercial.

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“El respeto hacia los demás es algo muy valioso, indiferentemente de si compartimos ideas o pensamientos con ellos o no”. Dejémonos guiar por las sabias palabras de la antropóloga Margaret Mead y construyamos una más empática sociedad.

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