Rubias tontas y otras ideas que asumimos sin más

Declaración de guerra a los estereotipos

Siempre me ha parecido un error y un acto de arrogancia juzgar a una persona por el hecho de pertenecer a un grupo con el que se comparten ciertas características como la región, el país, la religión, el género, la orientación sexual, el tono de la piel y hasta el color de pelo. O no me digan que no han oído alguna vez eso de que las rubias son (somos) tontas. Parece que la idea surgió en 1925, a raíz del libro “Los caballeros las prefieren rubias”, de Anita Loos, convertido posteriormente en película con Marilyn Monroe, la rubia por excelencia. Desde entonces, esta idea ha calado de forma tan profunda que, hace unos años, en la Universidad de Ohio, Zagorsky y su equipo llevaron a cabo un estudio con más de diez mil personas y demostraron científicamente que esa era una idea equivocada. Pero los estereotipos son muy difíciles de erradicar, son muy resistentes a los cambios. Ahí tenemos, por ejemplo, el personaje de Penny en la serie Big Bang Theory, que sigue mostrando este arquetipo en la actualidad.

Es bien sabido que los seres humanos necesitamos estructurar el mundo (y todo lo que este conlleva) en categorías para hacerlo más comprensible y manejable. De este modo surgen los estereotipos, especialmente en lo que al ámbito social se refiere, con lo que acabamos pensando en alguien, no como un individuo único con sus características particulares, sino como miembro de un grupo con una peculiaridad distintiva y, en demasiadas ocasiones, negativa. Así, además de a las rubias, etiquetamos de forma generalizada y simplista multitud de colectivos.

En estos días en torno al 8 de marzo en los que asistiremos a multitud de actos para reivindicar una igualdad de derechos que no acaba de llegar, no estaría de más que repasáramos nuestros propios estereotipos relacionados con los géneros, esos estereotipos que a la publicidad y a la ficción en general le cuesta tanto soltar y que son una de las principales variables que alimentan la desigualdad. No hay duda alguna de cómo todo este sistema estereotipado de creencias cognitivas, de ideas simples ante realidades complejas, es el que acaba derivando hacia el prejuicio, la desvalorización, la discriminación y la violencia, esa terrible violencia que muchos quieren negar.

Decía Albert Einstein: “Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”. Es cierto que combatir los estereotipos no es una tarea sencilla, especialmente porque influyen de manera inconsciente en las actitudes y comportamiento de las personas. Pero estar atent@s a ellos, educar para identificarlos, es imprescindible para poder combatirlos. La humanidad saldría ganando. También las rubias, por supuesto.

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