5 ESTRATEGIAS PARA CONTROLAR LA IRA

Cómo lidiar con el enfado, sin reprimirlo, para evitar estallar y perder el control 

Familiares que se reprochan con saña lo que les molesta y recuerdan hasta lo ocurrido en el pleistoceno, conflictos de vecindad por unos palmos de terreno de más o de menos, profesorado que sufre agresiones de padres por hacer su trabajo lo mejor que pueden, conductores que se enzarzan por una equivocación al poner el intermitente, políticos que utilizan el ruido y la furia cuando no ocurre lo que les viene bien a sus intereses… Hay millones de ejemplos.

Que levante la mano quien no se haya enfadado, frustrado o rabiado alguna vez… Es una emoción natural, normal y sana, cuya función es avisarnos de algo que nos hace daño o de que nuestros límites no están siendo respetados. Pero cuando el enfado, la frustración o la rabia se desbocan porque no sabemos abordarlos de forma adecuada, pueden dar lugar a la ira, la cólera, la furia…, llevándonos a perder el control de forma agresiva. En la magistral “Las uvas de la ira” se narra la historia de una familia que emigra a la tierra prometida del Oeste de los Estados Unidos donde solo encuentran miseria, desarraigo e insultos, humillaciones que alimentan progresivamente la ira del hijo con dramáticas consecuencias.

Y es que hay gente que, por rigidez mental, por falta de empatía, por querer tener siempre la razón o por inseguridades y miedos, van por la vida como ollas a presión con patas, instalándose en la ira a la primera de cambio, provocando y provocándose un importante daño.

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Decía William Shakespeare que “La ira es un veneno que uno toma esperando que muera el otro”. Está muy extendida la idea de que la ira nos puede servir como desahogo. Sí, puede ser, pero no nos engañemos, va a ser muy a corto plazo, en seguida nos sentiremos peor que al principio y haber actuado desde la emoción de la ira seguramente haya añadido más problemas a los que ya teníamos. Igual no compensa…

¿Qué nos puede ayudar?

  1. Relajarnos lo primero que podamos

Técnicas sencillas de relajación como el control de la respiración y la visualización de imágenes agradables, se han demostrado muy eficaces. Son técnicas fáciles, no cuestan dinero, no tienen efectos secundarios y cualquier persona las puede aprender y mejorar, sólo hay que practicarlas un poco cada día.

  1. Cambiar los pensamientos que incrementan nuestro enfado

Se trataría de sustituir esos pensamientos que, inevitablemente, nos vienen a la mente en momentos de enfado, pues suelen ser muy exagerados y sólo sirven para echar más leña al fuego, por otro diálogo interno que nos ayude en ese momento a calmarnos. Si se nos viene a la cabeza aquello de “¡Cómo se les ocurre hacer tal cosa! ¡Qué babayos!”, en vez de seguir rumiando y acrecentando la ira, podemos darnos autoinstrucciones que nos ayuden a controlarnos, algo así como: “Los demás no tienen por qué pensar o actuar como yo. En vez de desgastarme por lo que hacen, que no está bajo mi control, voy a centrarme en lo que puedo decir y hacer para ayudarme frente a esto que está pasando”; o si nos aparecen en la mente pensamientos del tipo:” ¡Esto es terrible, no puedo soportarlo!”, cambiarlos por otros como: “Voy a relajarme, seguro que algo podré hacer para sentirme mejor”.

  1. Buscar soluciones en vez de culpables

Las razones para nuestro enfado pueden ser externas (tener un conflicto con alguien en el trabajo o encontrarnos de repente en un atasco) o internas (frustrarnos constantemente por algo que no somos capaces de hacer).

Sea como sea, está claro que focalizar nuestra atención en cómo resolver el problema nos va ayudar a enfrentarnos mejor a cualquier tipo de situación. Intentar hacer algo y, si no funciona, generar un plan alternativo, no tirar la toalla a la primera de cambio. Focalicemos la atención en lo que nos conviene hacer, en vez de desgastarnos dando vueltas al por qué los demás hacen lo que hacen. Si somos más flexibles ante nuestros fallos y ante la manera de hacer las cosas de otras personas manejaremos mejor la ira.

  1. Comunicarnos de forma más asertiva

Cuando nos enfadamos solemos hablar más alto y más rápido y así, sin darnos cuenta, nos vamos alterando cada vez más. Conviene, pues, reducir el volumen y la velocidad de nuestro discurso. Es normal ponerse a la defensiva cuando nos sentimos dañados, pero seremos más eficaces si sabemos buscar el momento oportuno para hablar de lo que nos molestó y pedir cambios. Hacerlo así impide que acumulemos todo ese enojo, impide que acabemos estallando de forma más violenta.

  1. Practicar la técnica del “tiempo fuera”

“El gran remedio de la ira es la dilación”, que decía Séneca. Si percibimos durante los primeros instantes del enfado que estamos a punto de estallar, hagamos una parada temporal para controlar nuestras respuestas emocionales. Se trata de no permanecer en la situación que nos está desencadenando el enfado o en el mismo lugar que la persona que nos está encolerizando. Puede servir ir al baño, salir a que nos dé el aire, escuchar música… Aislarnos un poco nos va a ayudar a que disminuya la activación fisiológica y que podamos analizar mejor qué nos conviene hacer.

Decía Yoda en La Guerra de las Galaxias: “El miedo lleva a la ira, la ira al odio y el odio lleva al lado oscuro”.

Tener coraje y determinación para no pasar al lado oscuro cuando nos enfademos…

¡Homérico!

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