EL ADVENIMIENTO DEL HOMO IRACUNDUS

El odio, la crispación y la violencia verbal se adueñan de la convivencia

Venga, que vamos bien.

Estamos en un tris de conseguirlo.

Se va percibiendo un estado de ánimo colectivo cada vez más susceptible, que dinamita todo puente de entendimiento.

Por poner un ejemplo, personas que llevan muchos años trabajando de cara al público coinciden en señalar un aumento de la irritabilidad, de la crispación, de la grosería y la mala educación en las personas que acuden a sus establecimientos.

Ya un estudio de 2019 de la Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo nos indicaba que el estrés asociado al trato con “clientes difíciles” estaba suponiendo una de las principales preocupaciones de los trabajadores en Europa.

Así que no cunda el desaliento. Sólo tenemos que seguir en esta línea. Concentrarnos en gritar, insultar, contraatacar a quien nos haga alguna indicación que nos parezca una contrariedad o una molestia, a quien no nos dé la razón, a quien opine distinto…

Qué más da que esté comprobado que una población crispada y alterada es más vulnerable y manipulable.

Qué más da que se sepa que el rencor y la tendencia al linchamiento no propician sociedades maduras, empáticas, sanas y resolutivas.

Qué más da que nos carguemos la democracia y la convivencia.

Qué más da que reaccionemos con odio visceral, como perros de Pavlov, vomitando bilis ante lo que nos quieran ir condicionando.

Con el gustirrinín que da ir por ahí como Michael Douglas en “Un día de furia” …

Pues venga, vamos a contribuir a un cambio de ciclo histórico en la evolución de nuestra especie. Inundémonos de noticias negativas cada día, si puede ser, a las horas de las comidas; leamos y compartamos todo lo que nos llegue a través de las redes sociales, especialmente todo lo que tenga que ver con opiniones simples y polarizadas, aunque sean distorsionadas o directamente mentira; creamos a pies juntillas todo lo que nos transmiten los medios, especialmente esos bulos que nos cuelan como noticias; busquemos y participemos en espacios presenciales o en línea en los que las descalificaciones, los insultos y las burlas sustituyan a la comunicación asertiva; y utilicemos siempre, en nuestro día a día, el dedo acusador, las críticas y los juicios moralistas, mostrando sin rubor nuestra “verdad absoluta”, aunque no tengamos ni idea, lo importante es generar cizaña. 

Consigamos que la amígdala cerebral se venga arriba y esté ahí, dale que te pego, excitando la rama adrenocortical de nuestro sistema nervioso, manteniéndonos en alerta y a la defensiva de forma continua. Y, si la corteza prefrontal nos quiere cortar el rollo, no la dejemos, no permitamos que se ponga a razonar que la conocemos…

Sepan ustedes, además, que, al igual que la Covid 19, la crispación se contagia rápidamente. A nada que nos expongamos, repetiremos, casi sin darnos cuenta, inequívocas conductas iracundas y violentas.

Y, para una mayor expansión, favorezcamos que la gente menuda nos vea, para que nos imiten, por aquello de la importancia del aprendizaje vicario.

Ahora que lo tenemos claro, no nos dejemos llevar por “buenismos” pasados de moda, vamos a soltar la ira y el odio sin medida, que el respeto, la amabilidad, la cooperación, la empatía, la sensatez y el debate sano están sobrevalorados.

Así, si la cosa climática no acaba con el planeta, el homo iracundus inaugurará una nueva era.

One Comment

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  1. BRAVO!

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