¿Por qué somos irresponsables?

Una reflexión sobre el origen de la falta de responsabilidad individual y colectiva

No hay ningún gen que determine biológicamente los actos de responsabilidad. En caso contrario les aseguro que alguna farmacéutica ya hubiera patentado una píldora con la que poder conseguir, sin ningún esfuerzo, responder de las propias acciones y de las consecuencias que de ellas se puedan derivar.

La responsabilidad se aprende. De mil maneras porque somos diferentes y vivimos experiencias diferentes, pero supone un conjunto de habilidades de respuesta que deriva siempre de la educación y los aprendizajes.

En mi caso, estoy convencida de que la fui aprendiendo casi sin darme cuenta, sin apenas instrucciones directas, sencillamente observando a mis padres responder, en su día a día, de sus propias conductas, de sus decisiones, de sus errores y de sus aciertos.

Ahora bien, no siempre es sencillo encontrar la medida adecuada. Igual que podemos llegar a asumir de forma angustiosa y casi enfermiza nuestras atribuciones, con constante e inadecuado sentimiento de culpa si no lo hacemos todo como “debe ser”, también podemos caer en actos irresponsables cuyas consecuencias pueden dañarnos a nosotros y a los demás.

En algunas ocasiones, estas conductas irresponsables pueden darse por inmadurez. Cuando, por ejemplo, no se asumen las consecuencias de las propias acciones y decisiones y se ponen mil excusas de forma casi infantil; o cuando se deriva la responsabilidad hacia otras personas, en la familia, en el trabajo…, para no tener que enfrentar posibles fallos y errores y así, si algo sale mal, “el marrón” es para esos otros…   

Otras veces pueden llegar a darse por miedo.  Si la responsabilidad supone, como decía Kant, “la capacidad de escoger libremente las acciones propias”, hay gente que se asusta cuando tiene que asumir esa libertad. Hay hasta quienes desarrollan hipengiofobia, un miedo obsesivo y completamente irracional ante cualquier tipo de responsabilidad. En no pocas ocasiones, las personas que desarrollan este miedo han tenido atribuciones que no les correspondían, a edades bien tempranas, además. El desgaste emocional y la tensión que van acumulando pueden, entonces, provocar en la vida adulta la evitación sistemática de todo lo relacionado con la toma de decisiones, el compromiso y las responsabilidades.

Quizá una de las causas más estudiadas desde la psicología en cuanto a la no asunción de la responsabilidad sea la de la Teoría de la Difusión, de Darley y Latané, en la que se explica cómo la presencia de varias personas en una situación traumática o de necesidad diluye la responsabilidad. Hanna Arendt lo reflejó de forma certera cuando hablaba de la banalidad del mal y las atrocidades de los nazis. Fue también muy sonado el caso de Kitty Genovese que en 1964 fue asaltada, violada y apuñalada en Nueva York. 30 largos minutos durante los cuales la gente estuvo mirando a través de sus ventanas y no hizo nada.

No debemos olvidarnos, así mismo, de otra causa muy común de los comportamientos irresponsables: la negación. Bien sea por comodidad, por falta de interés o por el hedonismo y el individualismo feroz que se van asentando, sustituyendo el sentimiento colectivo por el egoísmo individual. Ya no es el “nosotros”, es el “yo”. Negando así la repercusión, directa o indirecta, que las propias acciones tienen siempre en la vida de los demás.

Por último, habría, además, otros motivos que podrían explicar muchos de los actos relacionados con la absoluta falta de responsabilidad: la ineptitud, la estupidez o la pura maldad… Y, en estos tiempos de pandemia, de emergencia climática y de crisis humanitarias, deberíamos aprender a detectarlos.

Para neutralizarlos… Por responsabilidad…

2 Comments

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  1. Como siempre, da explicaciones claras y precisas a un comportamiento que sin plantearnos estos razonamientos, es esta etapa que estamos pasando, sería inexcusable.
    Aprovecho para mandarte un sentido y cariñoso abrazo, Marisol.

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