CONSUMISMO PARA “PARCHEAR” LA VIDA

Escuchaba el otro día a la que fuera presentadora de El Intermedio, Beatriz Montañez, comentar su cambio de vida, una vida en la que 150 euros al mes le resultan suficientes para mantenerse. Muchos la han tildado – cómo no – de loca por su decisión. Es el precio a pagar por salirse de la norma.

Porque toda sociedad de consumo que se precie no puede dejarnos parar y mucho menos puede dejarnos disfrutar de cosas sencillas. Tiene que educarnos de mil formas para que vayamos más allá de nuestras necesidades reales, para que nos comparemos unos con otros, para que seamos inmensamente conscientes de nuestras carencias, para que nos avergoncemos de ellas, para que sintamos la absoluta necesidad de “parchearlas” lo antes posible, para que el disfrute de lo conseguido nos dure tan solo un suspiro, para que rápidamente percibamos una nueva carencia y vuelta a empezar.

Y, en ese bucle sin fin, incrementamos nuestro consumo cada vez más – y no precisamente en comercios de proximidad –. Poniendo, así, el foco de nuestras vidas en poseer bienes y servicios de todo tipo, por superfluos e innecesarios que sean, como forma de construir nuestras identidades, aunque resulten frágiles, aunque sintamos cada vez mayores niveles de insatisfacción personal, colectiva, general…

Tan solo nos basta un simple vistazo a la publicidad para darnos cuenta de cómo se incentiva el consumismo con mecanismos de tipo afectivo y emocional. Podemos observar cómo se emplean de forma estratégica palabras y claves asociadas a la felicidad, al placer, al amor, a la amistad. Da igual que sea para anunciar un champú que nos vaya a provocar orgasmos, un reloj que deje bien claro nuestro poder adquisitivo ante los demás, un móvil con tropecientas mil funciones que luego no sabemos usar y que a los dos años haya que cambiar por aquello de la obsolescencia programada, o unas bragas con cenefas porque son la última moda de esta semana.

Mientras tanto, estamos perdiendo la costumbre (y la necesidad) de explorar la vida.

Swankie, una de las nómadas de la maravillosa “Nomadland”, le describe a Fern (grande, muy grande Frances McDormand) la belleza que ella ha vivido y sentido desde su kayak: una familia de alces en la orilla del río, pelícanos aterrizando junto a su embarcación, cientos de polluelos de golondrina saliendo de su cascarón en la pared de un acantilado…

La comunidad científica lleva décadas alertando de la deshumanización, de la devastación de la naturaleza y del agotamiento de los recursos de nuestro planeta como grandes peligros de nuestra voracidad consumista. La psicología nos muestra, además, cómo el consumo sin medida puede crearnos el espejismo de sentirnos más felices e importantes durante unos instantes, pero nos acaba convirtiendo en personas más negativas e individualistas, con mayores niveles de frustración, estrés y angustia al basar nuestro bienestar en el “tener” y no en el “ser”.

Pues nada, de nosotros depende…

Como individuos y como colectividad, podemos cambiar el lugar que le hemos dado al consumismo como centro de nuestra identidad y de nuestra vida, podemos ayudarnos a no dejarnos llevar por sus cantos de sirena, podemos reconstruir valores sociales más positivos, podemos explorar de verdad la vida.

O podemos seguir en este bucle infernal, reemplazando nuestras auténticas necesidades y vivencias por los productos sustitutivos que nos ofrece el mercado. Y si no nos sentimos bien, ya saben, pastilla al canto y a seguir “parcheando”.

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