Tener ansiedad NO es de cobardes

La necesidad de mejorar la atención de los problemas mentales

“Siento que todas las sombras del universo se multiplican en lo profundo de mi piel” (Virginia Woolf)

Cierren los ojos por un momento e imaginen que sienten miedo, un profundo y sombrío miedo, ya sea al dolor, a la muerte, al rechazo, al futuro o al fracaso. Un angustioso miedo que les asalta noche y día, ya estén en el trabajo, en el sofá de su casa o dando un tranquilo paseo por la playa. Un pegajoso miedo que les pone el corazón a mil, que les deja sin aliento, que les estrangula las tripas, que les quita el apetito y el sueño.

Y así un día y otro día…

O imaginen que se les ha metido en la cabeza que se van a contagiar de algo. Se lavan las manos continuamente y desinfectan varias veces al día todo lo que les rodea. Aunque saben que es del todo irracional, no pueden parar, esa puñetera duda obsesiva no les deja vivir en paz.

Y así un día y otro día…

Imaginen, por último, que han perdido la ilusión, que sienten que no valen ya para nada. La desmotivación y la apatía van impregnando su vida. Lo que antes les gustaba, ahora les aborrece o irrita. Incluso salir de casa se convierte en una agobiante tortura.

Y así un día y otro día…

Imaginen estas u otras circunstancias similares, aderezadas además con continuos autorreproches por no estar en plena forma. Súmenle también unos cuantos kilos de incomprensión del entorno, pues como lo mental no es visible, no se entiende el malestar que sufren, de ahí los juicios y las acusaciones de débiles, pusilánimes, cobardes y demás lindezas. 

Seguramente nada de todo esto les parecerá una tontería ¿verdad?

Aún colea la polémica decisión de la gimnasta estadounidense Simone Biles al abandonar la competición olímpica por problemas de ansiedad. Cierto es que ha tenido numerosos apoyos, pero no es menos cierto que ha recibido innumerables e inmisericordes críticas, entre ellas la del tenista Novak Djokovic, quien casualmente también abandonó justo un par de días después, parece ser que por molestias en el hombro. Claro, ¡dónde va a parar! Por causas físicas no se suele cuestionar que alguien deje de competir, de ir a trabajar o de lo que sea. Si ustedes tuvieran una piedra en el riñón o una pierna rota obtendrían abundante comprensión además del oportuno tratamiento.

Pero la salud mental sigue estando desatendida y estigmatizada. Y vamos a peor, instalados como estamos en esta infernal espiral de deshumanización, de precariedad, de prisas, de interminables presiones absurdas, de tener que producir y consumir de forma demencial y de priorizar lo accesorio por encima de valores de vida más sanos. Vivimos como auténticas ollas a presión que, a veces, acaban reventando.

Le puede pasar a cualquiera. No tiene nada que ver con ser más o menos cobardes ni más o menos valientes.

En realidad, tiene que ver con invertir en la prevención y en el tratamiento de los problemas de tipo psicológico. Tiene que ver, como les decía aquí mismo el mes pasado, con dejar de oscilar entre el menosprecio y la banalización de los problemas mentales. Tiene que ver con dejar de tomar estos temas a pitorreo como hizo alguien no hace mucho en el Congreso.

Porque la salud mental no es ninguna broma…

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