Igual no escuchamos a los demás tan bien como nos creemos

Decía Charlotte Brönte en “Jane Eyre” que “el interés del que escucha estimula la lengua del que habla”. Quizá esto fuera aplicable al Siglo XIX porque, lo que es hoy en día, hablar se habla mucho, pero lo de escuchar con atención y paciencia no se nos da demasiado bien en general.

Es sabido que practicar la escucha no es tarea fácil, implica un notable esfuerzo por comprender. Tal vez por eso, aun sabiendo de su importancia, en no pocas ocasiones se hace de forma torpe y equivocada.

Les muestro algunos ejemplos:

Tipo simulador: parece que escucha, incluso tiene esa intención, pero solo es capaz de oír –que no escuchar– una serie concatenada de fonemas. Quizá tenga alguna preocupación rondando su cabeza o quizá en el fondo no le interesa lo que se le está contando. Asiente con la cabeza, pero su mirada fija muestra que su atención está en otro lado.

Tipo interruptor: casi no deja hablar más de 3 palabras seguidas. Y no de forma puntual, sino en reiteradas ocasiones a lo largo de la elocución de su interlocutor. Puede que no quiera olvidarse de lo que quiere decir, puede que no pueda evitar querer ocupar el centro de la conversación o puede que le guste oírse. En cualquier caso, el efecto que consigue es nocivo, rompe la fluidez necesaria en cualquier interacción.

Tipo enjuiciador: bien sea con palabras o, a menudo, con las posturas y los gestos del cuerpo o de la cara, da su opinión sobre lo que se le está contando desde su única y generalmente prejuiciosa perspectiva, demostrando una incapacidad total y absoluta para ponerse en el lugar de los demás. Sólo hay una ley, solo hay una visión: la suya. Hay quienes luego se extrañan de que la gente cercana no les cuente nada. No es plato de gusto experimentar la sensación de estar en una especie de juicio sumario la mayor parte del tiempo.

Tipo mosca cojonera: a quien le cuentes lo que le cuentes nunca está de acuerdo con nada, que disfruta llevando la contraria hasta en las cosas más banales. Es como si sintiera que dar la razón le fuera a colocar en una situación de inferioridad o de vulnerabilidad que no es capaz de manejar. Lo cierto es que lleva al agotamiento a quien le quiera contar algo.

Tipo recetas: siempre dice a los demás lo que tienen que hacer, se coloca en una especie de púlpito imaginario desde el que lanza su propio enfoque de las cosas. Esto, lejos de ayudar a la persona, la «desordena» que diría Carilda Oliver, la poeta cubana.

Frente a todos los modelos de escucha anteriores estaría, claro está, la escucha activa y empática, esa que llevan a cabo algunas personas cuando acogen a quien les habla con interés y paciencia, cuando no juzgan (se les diga lo que se les diga), cuando miran a la cara y asienten con sus gestos ante lo que se les está relatando, cuando muestran apoyo, comprensión y cariño con un simple y cálido gesto o incluso con un abrazo.

Una «rara avis» en este mundo demencial que hemos construido, en el que la comunicación serena, tranquila y pausada nos parece una pérdida de tiempo, en el que escuchar una esdrújula nos produce un gran esfuerzo.

En este mes de octubre se celebra el Día Mundial de la Salud Mental. Siempre podemos hacer algo para mejorarla. Escucharnos bien podría ser un saludable comienzo.

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