Pieces(Artículos de opinión de octubre en la Ventana de Asturias, en Ser Gijón)

Hagámosle un huequecillo al humor y a la risa (4-10-21)

Comienzo de lunes con las endorfinas a tope tras ver el fin de semana “Clowns” en el Teatro de La Laboral. Reír a mandíbula batiente. Todo un lujo en estos tiempos en los que el miedo y el cabreo han cogido el volante de nuestro sistema límbico, el centro de nuestras emociones.

Que no les propongo yo estar riendo todo el tiempo, faltaría más, no sería realista ni psicológicamente sano, pero miren a su alrededor, cada vez sonreímos y reímos menos. La pandemia ha agudizado una tendencia que ya estaba creciendo, la tendencia a la preocupación continua.

Cómo nos vamos a reír, me dirán, con las consecuencias del coronavirus, con los estragos del volcán de La Palma, con el precio de la luz disparado, con las puertas giratorias tan concurridas, con los “papeles de Pandora” que se nos avecinan, con la enésima crisis del clan de los Pantoja o de las Campos o de quien carajo nos quieran mostrar a todas horas.

Pues son bien conocidos los beneficios físicos y psicológicos del humor y de la risa. Necesitamos un chute de bienestar de cuando en cuando.

¿O no interesa que nos riamos?

Platón ya hablaba de limitar la risa pues la consideraba como el rascarse, una mezcla de placer y dolor al mismo tiempo.

Y seguro recuerdan la escena de “El nombre de la rosa”, en la que Fray Jorge de Burgos, el bibliotecario ciego, le dice a Guillermo de Baskerville que “cuando ríe…, el aldeano se siente amo porque ha invertido las relaciones de dominación…” Le dice que hay que destruir el libro del Filósofo (por Aristóteles) que ensalza la risa, pues “la risa sería el nuevo arte… capaz de aniquilar el miedo”.

Riamos un poco más… Y mucho “¡Kaput!” a la sumisión y al miedo.

Necesitamos una sociedad que cuide nuestra salud mental (11-10-21)

Algunos de los aspectos fundamentales para prevenir y tratar la salud mental, cuyo Día Mundial se conmemoró justamente ayer, tienen mucho que ver con cómo gestionamos nuestras circunstancias de vida, cómo desplegamos estrategias de afrontamiento útiles y adaptativas o cómo nos desenvolvemos en cuanto a la solución de problemas y la búsqueda de alternativas…

Pero no nos equivoquemos, la salud mental también tiene que ver, y mucho, con la sociedad en la que nos desarrollamos como individuos. Y qué quieren que les diga… Nunca puede ser sana una sociedad en la que cada vez más gente se siente sola, en la que se promueve la insatisfacción constante para que el consumo aumente, en la que la crispación y el odio nos acompañan cada día, en la que no paran de crecer todo tipo de desigualdades.

Pensábamos que la pandemia nos haría mejores, que se produciría ese cambio que, en el fondo, la mayoría anhelamos. Porque lo necesitamos, necesitamos crear una sociedad más amable con quienes la conformamos. Una sociedad que proteja derechos básicos como la vivienda, la sanidad, la educación, el empleo, la protección social…

Una sociedad que también nos reconcilie con la naturaleza. Seguro que han escuchado estos días lo del estudio de ISGlobal que dice que Gijón, sin ir más lejos, es la cuarta ciudad europea y la primera española con más mortalidad por la falta de zonas verdes. Recuerda este informe que la proximidad a espacios naturales se asocia con beneficios para la salud, incluida la salud psicológica.

Así que sí, que cada persona podemos hacer algunos cambios para cuidar nuestra salud mental, pero caray, una sociedad que no cuida y que lo deja todo en manos de los psicofármacos, nunca será una ayuda. 

La mitad del cielo que sostienen las mujeres rurales (18-10-21)

“Un conocido proverbio chino dice que la mujer sostiene la mitad del cielo. En la lucha contra el hambre y la pobreza y por la seguridad alimentaria de sus familias, comunidades y naciones, las mujeres rurales sostienen, con toda certeza, la mitad más pesada del cielo”. Esto dijo hace unos años Sisel Ekaas, la entonces directora del Departamento de Desarrollo Sostenible de la ONU para la Agricultura y la Alimentación.

El pasado viernes, como cada 15 de octubre se celebró el Día Mundial de la Mujer Rural como reconocimiento a su esforzada contribución a la producción de alimentos, al bienestar de las familias y al desarrollo económico de las áreas rurales en todo el mundo.

Tan solo unas generaciones atrás, las mujeres rurales no podían ni ser propietarias, aunque trabajaran mano a mano con su pareja y además tuvieran las faenas de los cuidados y de la casa. No hace tanto que las mujeres rurales tenían que socializar en los lavaderos, esa era la red social de antaño. Los paisanos tenían el bar, pero ellas tenían el lavar, el escurrir y el tender para reunirse y compartir tertulias y confidencias con las vecinas.

Son todavía pocas, pero en la Asturias de hoy en día, al igual que en otras partes del planeta, algunas mujeres rurales ya van regentando sus propias explotaciones, se van formando en el uso de nuevas tecnologías y están emprendiendo en negocios agrícolas, ganaderos, turísticos o artesanales, contribuyendo de forma crucial al desarrollo del medio rural y al crecimiento de los pueblos, ahora que se habla tanto de la Asturias vaciada.

Despacio, muy despacio, sí, pero parece que algo va mejorando. Resulta necesario. La mitad más pesada del cielo pesa ya demasiado…

Defender la justicia social puede perjudicar seriamente la salud (25-10-21)

Vaya semanita de actos y discursos que hemos tenido en Asturias. Quisiera, desde aquí, mostrar el mayor de los agradecimientos a quienes nos habéis transmitido con gran generosidad vuestra pasión, vuestro saber y vuestra humanidad.

José Andrés, por ejemplo, nuestro mierense más solidario, nos dejaste para la posteridad que “el mundo necesita mesas más largas, no muros más altos”.

Gloria Steinem, afirmaste contundente en la Fábrica de la Vega que “un ejército de mujeres con canas podemos conquistar el mundo”.

Las representantes de Camfed no cesasteis de repetir en cada actividad realizada que “a las niñas, la educación les da voz y les permite soñar con su futuro”.

Emmanuel Carrère, nos dijiste que “la desgracia está relacionada con la desigualdad, con la miseria económica y política”.

Marina Abramovic’, nos has mostrado cómo “a todos nos une el miedo al sufrimiento y a la muerte”

Desde Harvard, de forma telemática, Amartya Sen, el economista empeñado en erradicar la pobreza, nos hablaste de cómo “la corrupción agranda el problema del hambre”.

Katalin Karikó, en nombre propio y de tus colegas de investigación científica, proclamaste la necesidad de que “todo el mundo reciba la misma vacuna”.

Y Teresa Perales no pudiste ser más elocuente: “somos muchos los que nos esforzamos en hacer avanzar a la sociedad hacia la igualdad de todas las personas”.

Grandes ideales los vuestros.  Ya podéis cuidavos, no seáis señalados por luchar por la equidad, la justicia social y la democracia. Visto lo visto, hay quienes hoy en día serían capaces hasta de cambiar el final de “Matar un ruiseñor” imputando al mismísimo Atticus Finch por terrorista. O por lo que les apetezca…

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