Cómo detectar las mentiras

Seguro recuerdan la sarta de mentiras que el personaje de Roberto Benigni contaba a su hijo en “La vida es bella” para evitarle los horrores del campo de concentración. O las de los protagonistas de “Good Bye, Lenin!” para que su madre, recién salida de un coma, no se enterara de la caída del muro de Berlín.  O las de los timadores de “Nueve reinas” queriendo colocar unos sellos falsos para hacer una fortuna. Podría seguir hasta el infinito, la ficción está llena de todo tipo de mentiras.

Como la vida misma.

Un estudio publicado por el psicólogo Robert S. Feldman muestra cómo dos personas que se reúnen por primera vez se mentirán entre ellos un promedio de tres veces en los primeros 10 minutos de conversación.

Y eso que solemos afirmar que no soportamos las mentiras… 

Cierto es que no todas van a ser iguales, las habrá “piadosas”, las habrá que intenten preservar la propia autoestima y las habrá con inequívoca intención de obtener algún beneficio, aunque sea a costa de hacer daño.

Incluso hay mentiras por omisión, como observaba la gran Almudena Grandes en “El corazón helado”: “omitir verdades no es otra cosa que una variedad refinada de la mentira”.

Sea como sea, ¿ustedes creen que tendrían la capacidad de darse cuenta de que alguien les está mintiendo?

Probablemente piensen que lo percibirían a partir de determinados gestos, movimientos, palabras, tono de voz y aspectos fisiológicos como el rubor, el temblor o la sudoración. Así suele suceder en las películas, ¿no?

Siento desalentarles, pero los seres humanos somos detectores de mentiras muy malos, por mucho que tendamos a sobrestimar nuestra capacidad. El estudio que les mencionaba antes aclara que solo nos damos cuenta de que otra persona nos está engañando entre un 54% y un 56% de las ocasiones. Es decir que, pese a la creencia popular de que «es más fácil pillar a un mentiroso que a un cojo», el nivel de aciertos de nuestros juicios sobre la veracidad de los demás es similar al que obtendríamos al echar una moneda al aire.

Reír y sonreír, mover manos y dedos, tartamudear, no mantener la mirada, tocarse la nariz, fingir falta de memoria o tomarse mucho tiempo para responder, por ejemplo, se han observado en los mentirosos, pero no siempre. Es más, en ocasiones, también pueden ser manifestaciones de quienes dicen la verdad. No es posible, por tanto, mirar a una persona y decir: “Ha enrojecido, así que está mintiendo”. Esto no funciona así.

Otro estudio de 2019 de Jaume Masip y Nuria Sánchez, de la Universidad de Salamanca, afirma que son las variables contextuales las que, en realidad, nos pueden resultar útiles (aunque casi nunca de forma inmediata). Por ejemplo, darnos cuenta de si lo que cuenta la persona que miente discrepa de nuestro conocimiento de los hechos. O que, al cabo de un tiempo, descubramos pruebas de que el mensaje era falso. O que una tercera persona nos dé una información que contradiga la mentira. O que el propio mentiroso confiese su engaño –hay que mantener algo de confianza en el ser humano–

En fin, es lo que hay.

Y no olvidemos que, en estos tiempos de internet y de redes sociales, quienes esparcen calumnias y bulos lo tienen mucho más fácil. Estaría bien discurrir un invento que los detectara. No sé, una aplicación, un súper poder o algo. Seguramente conformaríamos una sociedad más sana, más íntegra, menos crispada…

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