PIECES(ARTÍCULOS DE OPINIÓN DE MARZO EN LA VENTANA DE ASTURIAS, EN SER GIJÓN)

Cuidados compartidos (7-3-22)

El Consejo de Mujeres de Gijón ha presentado para este 8M el lema: “Cuidar, una responsabilidad compartida”, con el objetivo de poner el acento en la falta de equidad en cuanto al reparto de las tareas de los cuidados.

Ciertamente, el trabajo no remunerado de las mujeres equivale a 12.300 millones de horas diarias. Es un dato de la Organización Internacional del Trabajo. Y, sin duda, el trabajo relativo a los cuidados está muy presente en esta estadística, siendo la feminización de esos cuidados una de las manifestaciones más tangibles de la desigualdad que por razones de género se da en nuestra sociedad. Según datos del INE, 9 de cada 10 personas cuidadoras, son mujeres. A costa, desde luego, de reducir jornada laboral, de renunciar a puestos de mayor responsabilidad y liderazgo o de afrontar dobles y triples jornadas de trabajo.

Porque hablar de cuidar es, por supuesto, hablar de amor, de generosidad y de entrega, pero también, en algunas ocasiones, hablar de cuidar es hablar de estrés, de sobrecarga, de incertidumbre, de emociones encontradas, de cambios y pérdidas constantes, de soledad e, incluso, de aislamiento. De hecho, se habla del síndrome del cuidador cuando, en la persona que cuida, se manifiestan síntomas como irritabilidad, insomnio, depresión, agotamiento físico y psicológico, deterioro de la vida familiar, social y laboral…

Una de las cosas que la pandemia nos ha mostrado con toda claridad es la vulnerabilidad de la vida y la necesidad, por tanto, de asumir la responsabilidad compartida de los cuidados, así como una contundente dignificación de los trabajos relacionados con la gestión del cuidado en el ámbito público.

Presten atención, todo esto será una de las muchas reivindicaciones que mañana suenen por las calles de esta ciudad.

Dos años después (14-3-22)

Dos años se cumplen hoy desde que atravesamos el portal de la distopía, desde que el confinamiento, los aplausos, las mascarillas y los sucesivos pinchazos de las vacunas comenzaron a formar parte de nuestro vocabulario y de nuestra cotidianeidad.

Hemos perdido por el camino la seguridad, la inocencia y quizá también la tolerancia. Las proclamas de que íbamos a salir mejores se diluyeron como lágrimas en la lluvia. 

Dos años después los medios no nos bombardean ya con noticias de virus, sino de guerra, de LA guerra, la única entre tantas que son, la que interesa, que los guardianes del capital no dan tregua.

La libertad y la democracia (las de verdad) están en peligro. Dice la periodista Rosa María Artal que «lo que ocurre puede ser el inicio de una Era, de la barbarie o de la cordura»

Putin, Biden y compañía quieren reorganizar el tablero mundial económico y de poder. Mientras, a los comunes mortales nos mantienen en vilo, asustados y desmoralizados con el relato que les venga bien.

¿Dónde quedan los tratados y los pactos firmados? ¿En qué manos estamos? 

Me gustaría confiar en que, como dijo Gabriel Boric haciendo suyas las emotivas y últimas palabras de Salvador Allende, “mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre y la mujer libre, para construir una sociedad mejor”.

Hoy ponen «Senderos de Gloria», de Kubrik, en la 2. Quizá nos sirva para darnos cuenta de lo que son las guerras y los malditos que las generan y las jalean.

Poesía para no deshumanizarnos (21-3-22)

Hay multitud de investigaciones que afirman que la poesía estimula el aprendizaje, la atención y la memoria, además de, por supuesto, conectar con nuestros centros neuronales del placer y evocar potentes emociones.

Está claro que la poesía nos humaniza.

21 de marzo, Día Mundial de la Poesía.

¿Tienen ustedes algún poema favorito? ¿Algún poema que les ponga la piel de gallina?

A mí me gustaría en un día como hoy leerles un pequeño extracto de “Reciprocidad”, de la poeta premio Nobel Wislawa Szymborska:

“Hay catálogos de catálogos.
Hay poemas sobre poemas.
Hay obras de teatro sobre actores representadas por actores.
Cartas motivadas por cartas.
Palabras que sirven para explicar palabras.
Cerebros ocupados en estudiar el cerebro.
Hay máquinas destinadas a construir máquinas.
Sueños que de repente nos arrancan del sueño.
Salud necesaria para recuperar la salud.
Gafas para buscar gafas.
Y ojalá de vez en cuando
odio al odio.
Porque a fin de cuentas
lo que hay es ignorancia de la ignorancia
y manos ocupadas en lavarse las manos.”

Hoy la poesía resuena por todos los rincones de Asturias.

La necesitamos.

Quizá más que nunca.

Campanillas, las justas (28-3-22)

A partir de hoy se acabaron las cuarentenas para los casos de covid leves o asintomáticos, que, afortunadamente, son ya la mayoría. Sin ser aún el final, es una noticia ciertamente esperanzadora.

Y no la disfrutaremos… 

El ruido y la furia lo eclipsarán todo. 

Pasa cada vez más. Hemos vivido una pandemia que nos ha dejado profundas huellas y cicatrices como personas y como sociedad y, tras tanto desear que finalizara, ahora que parece que por fin amaina, casi ni lo tenemos en cuenta.

Uno de los esquemas cognitivos disfuncionales que, con más frecuencia, afectan a la salud mental es la llamada focalización en lo negativo. Es esta una forma de procesar erróneamente la información de lo que pasa a nuestro alrededor, prestando una atención selectiva a los aspectos más negativos obviando el resto de los aspectos.

Y no, no se trata de caer en el misterwonderfulismo. Sería igual de pernicioso. De lo que se trata es simplemente de preocuparse e intentar solucionar cuando corresponda y de regocijarse también cuando los vientos sean favorables. Y esto es lo que parece que nunca toca. Permanecemos enredados en un bucle permanente de quejas y de polémicas.

Quizá el masivo uso de las redes sociales haya tenido que ver en una especie de contagio de la crispación y el derrotismo. Quizá haya intereses más o menos ocultos en que el ambiente se vuelva irrespirable, en que estemos como perros de Pávlov, condicionados respecto a qué es lo que nos tiene que emocionar, respecto a quién admirar y a quién odiar, respecto a por qué motivos alegrarnos y por qué motivos penar.

Pues no sé ustedes, pero yo, campanillas, las justas.

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