Ostras, caracoles…, lo que cada cual prefiera

Narciso fue durante unos años la nota exótica de mi barrio. Por las tardes le veíamos salir de casa con sus chaquetas de colorines y sus bolsos de señora. Ciertamente, no era un hombre al uso, pero era, sin duda, uno más del barrio.  En la tienda de debajo de casa solía venir a comprar hablando por los codos con sus mallas elásticas, su voz aguda y su risa contagiosa. En algunas ocasiones, tardábamos días en verlo. Se oían entonces rumores de que no salía de casa por palizas que le daban en un club en el que trabajaba. 

Salirse de la norma se suele pagar caro…

Hasta con un diagnóstico de trastorno mental. La Asociación de Psiquiatría Americana (APA) mantuvo la homosexualidad como enfermedad desde 1952 a 1973 en el DSM, su sistema de clasificación de enfermedades psiquiátricas. La OMS se hizo más de rogar, la siguió incluyendo hasta 1990. Esta patologización estaría, así, presente durante décadas, sostenida sin ningún criterio científico precisamente por las instituciones encargadas de velar por la salud de la población. Y las consecuencias no se limitaron solamente al uso de la etiqueta de patología mental, los tratamientos a los que las personas homosexuales fueron sometidas para, supuestamente, erradicar su “enfermedad”, se han catalogado, como poco, de crueles e inhumanos. Las llamadas “terapias de conversión” –lo de terapias es una broma macabra– incluyen desde rezos, ejercicios de “reacondicionamiento masturbatorio” y de “reparación de personas”, hasta fármacos y descargas eléctricas. No se confíen, por inútiles que sean, estas prácticas no se han erradicado aún del todo.

Tampoco acaban de desaparecer las conductas de condena y de rechazo. En pleno siglo XXI hay 70 países en los que salirse de la “norma” heterosexual está penado, en 11 de ellos incluso con la muerte. En los países en los que no es ilegal, tampoco estamos para tirar cohetes, las humillaciones, los acosos y demás violencias forman parte de la realidad del colectivo LGTBI con demasiada frecuencia. Vemos cada día intolerantes que salen por los medios divulgando sus discursos de odio contra otros seres humanos, pisoteando lo que no son más que valores democráticos. Hace una semana detuvieron en Estados Unidos a 31 neonazis que se dirigían enmascarados, con sus vehículos cargados de armas, a los actos del Orgullo en Idaho. Aquí, el caso de Samuel, al que mataron al grito de maricón, nos heló el corazón el año pasado.

Aun así, y aunque sea con altibajos, se palpan los cambios. En las familias, en las escuelas, en las calles, en la ficción…, se van percibiendo brotes verdes de normalización. Se estrenaba, por ejemplo, hace unos días “Lightyear”, con una muy fugaz escena de un beso entre dos mujeres, algo, hasta la fecha, completamente inusual en la animación infantil. Hace unos años “Brokeback Mountain” sorprendía al mostrar una relación homosexual sin echar mano de los chascarrillos, las parodias y los estereotipos acostumbrados. Lejos quedaron también aquellas piruetas de guion y de montaje que se hacían para que Greta Garbo en “La Reina Cristina de Suecia” no levantara sospechas de tendencias lésbicas, para que Paul Newman no dejara de ser todo un varonil marido en “La gata sobre el tejado de zinc” o para que Laurence Olivier y Tony Curtis no salieran dialogando en “Espartaco” sobre sus preferencias por las ostras o por los caracoles.

Este mes de junio es el mes del Orgullo. Tiempo de reivindicar y de celebrar el derecho de cada cual a escoger su menú particular.

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