Las quejas no son la solución

“Esto no hay quien lo aguante”, “Estoy fatal”, “Todo me pasa a mí”, “Qué mala suerte”, “No lo puedo soportar”, “Mi vida es muy dura”, “No es justo que me hagan esto”, “Son unos/as incompetentes, maleducados/as, egoístas…”

Si nuestra mente tuviera un contador que anotara las quejas que nos decimos y las que verbalizamos a los demás seguramente nos sorprenderíamos, e incluso nos espantaríamos ante el resultado. Si bien es cierto que una queja puntual tiene un efecto beneficioso de desahogo emocional y de valoración crítica para cambiar algo que no nos gusta o daña, la queja continua, sin embargo, nos lleva a un bucle sin fin en el que acabamos percibiendo selectivamente sólo aquello que nos molesta y nos parece mal, como si desarrolláramos un radar que únicamente registra los aspectos negativos y los inconvenientes de lo que sucede.

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Sin ir más lejos, en este particular verano que tenemos, la queja sobre el tiempo se ha convertido en algo tan común como respirar. Si se quedara en eso no habría mayor problema, pero no es así, tras esa viene otra, y otra más… y acaba contagiándose, como un virus, convirtiéndose de esta manera en una forma totalmente normalizada de funcionar y de relacionarnos. Si a eso añadimos el, cada vez más, extendido uso de las redes sociales como contenedor al que verter nuestra “basura mental”, el resultado es aún peor, llegando al punto de que hay personas que, si no es de quejas, no saben de qué hablar.

En el inicio de Ana Karenina, Tolstoi declara que “Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada” Si aplicamos esa afirmación a nivel individual también observaremos como se pueden encontrar los más variados y especiales motivos individuales para sentirse mal.

Pero, en realidad ¿Por qué nos quejamos tanto?

Puede haber varias razones: por tener poca tolerancia a la frustración; por ser personas autoexigentes e intransigentes, con expectativas demasiado elevadas del funcionamiento propio y del de otros; por el aprendizaje y la interiorización de conductas quejosas a partir del modelo de nuestros progenitores u otras personas adultas relevantes en nuestro desarrollo;  por hábito, al convertirse una conducta puntual en parte de nuestra forma de ser; por obtener la atención de los demás, pues, al principio, se puede parecer interesante por criticar y emitir quejas;  o, incluso, por pensar que algo se soluciona sólo por quejarse mucho de ello (sí, hay personas que lo creen de verdad)

Lo malo es que quejarse a menudo no es inocuo y suele traer consecuencias poco deseables, por ejemplo, cada vez más desánimo por focalizar constantemente en lo negativo; mayor pasividad e inmovilismo por lamentarnos en vez de buscar alternativas; menor logro de nuestros objetivos pues nos agotamos en la rumiación; o más soledad y aislamiento pues la gente que está alrededor se acaba, lógicamente, cansando de nuestra toxicidad.

La psicóloga e investigadora Sonja Lyubomirsky comprobó científicamente hace más de una década como la mayor parte de nuestro malestar proviene, no de factores externos como podrían hacernos pensar nuestros lamentos, sino de nuestras propias estrategias mentales y nuestras actividades intencionadas.

¿Cómo podemos entonces disminuir las quejas?

  1. Si es otra persona quien se queja con frecuencia

-No empeñarnos en dar ánimos y soluciones: no suele funcionar con quien se queja continuamente (sí funciona, en cambio, ante quejas puntuales), primero, porque se va a quejar de que no entendemos la importancia de lo que le pasa, y, segundo, porque le situamos en una posición, la de buscar soluciones, que le resulta perturbadora.

-No utilizar la sordera selectiva: sólo supone un parche, a la larga conseguiremos que se queje con mayor intensidad para lograr que le acabemos prestando atención.

-Escuchar un poco y cambiar sutilmente de tema:  a veces funciona, se puede intentar.

-Ser honestos/as: decir con asertividad que sus quejas no les vienen bien ni a ellos/as mismos/as ni a quienes están a su alrededor y que podemos echarles una mano si deciden cambiar. Seguramente sea la opción menos mala.

Sea como sea, si las quejas continúan, tomar la decisión de pasar menos tiempo con esa persona y, cuando no quede otra, coger aire profundamente y procurar no alargar el momento más de lo necesario.

      2. Si es uno/a mismo/a quien no deja de quejarse

-Tener en cuenta siempre las ventajas para la salud que conlleva el disminuir las expresiones de queja.

-Entrenarse en ser más breve cuando se hable de algo negativo e incrementar la verbalización de aspectos más positivos, tanto propios como ajenos.

-Observar las numerosas veces que se emiten quejas y detectar cuál es el tema de queja favorito, si el trabajo, la salud, la crítica a los demás…, para ver en qué ámbito es necesario hacer cambios.

-Transformar las quejas en soluciones, preguntarse qué vendría bien hacer, colocarse en la casilla de salida de la búsqueda de soluciones.

-Cultivar la atención plena (mindfulness) que permite aprender a observar el momento presente con mayor imparcialidad y sin emitir los desgastadores y estresantes juicios de valor acostumbrados.

Decía Balzac: “Aunque nada cambie, si yo cambio todo cambia”. Pues eso…

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