Caza de brujas

Entre los siglos XVI y XVII, centenares de miles de personas fueron asesinadas en Europa acusadas de delitos de brujería. Curiosamente, entre el 75 y el 90 por ciento, eran mujeres.

Mujeres que fueron acusadas de usar encantamientos y conjuros, de volar, de pasar a través de las cerraduras de las puertas, de destruir el ganado y las cosechas, de copular con el demonio y cientos de razones más que no resistirían el más mínimo análisis empírico, pero que calaron entre las gentes de forma irracional. Hoy en día sabemos que pagaron cara su sororidad, su independencia y, especialmente, su sabiduría, pues eran mujeres estudiosas de hierbas y remedios naturales; mujeres que creaban recetas para curar; mujeres artesanas; mujeres con conocimientos en anatomía, alquimia, botánica o sexualidad; mujeres con conocimientos en el control de la reproducción y en métodos abortivos.

Y es que, en esa época, se generó un nuevo modelo económico, un nuevo sistema en el que Iglesia y Estado fueron imponiendo un modelo de dominio social y moral, en el que cualquier resistencia se acabaría pagando con la tortura y la muerte, de forma muy cruenta. Precisamente, debido a esa mayor supervisión moral, se intensificó el control de las mujeres, de sus cuerpos, de su sexualidad y de su rol social. Por eso, a las que se salían de la norma las torturaban, les arrancaban los pechos, las sumergían en aceite hirviendo, las quemaban, las asesinaban… Y su delito era, simplemente, transgredir el rol que se les exigía y desafiar la estructura patriarcal que se les imponía.

Han pasado más de 400 años, y parece que las mujeres seguimos siendo peligrosas. Peligrosas por unirnos, peligrosas por ser libres, peligrosas por pensar, peligrosas por decidir… Y, por eso, surgen cuestionables propuestas para, por poner algunos ejemplos, relegar a muchas mujeres al rol de vasijas reproductoras; para legalizar el ejercicio de la prostitución y la esclavitud sexual; para ridiculizar el feminismo desde un infame autobús; para volver a restringir el aborto; o para acabar con el apoyo que reciben las víctimas de violencia machista, violencia que, desgraciadamente, se sigue produciendo en cifras estremecedoras por “esos que se portan mal con las mujeres”.

Parece que se pretende intensificar, una vez más, el control sobre las mujeres, sobre nuestros cuerpos, sobre nuestra sexualidad y sobre nuestro rol social.

No cabe duda que es del todo saludable que no todo el mundo pensemos igual, ni tengamos los mismos criterios a la hora de funcionar. Pero utilizar, como se hizo en la época de las hogueras, la descalificación, la negación de la realidad, la ridiculización y la mentira, no puede tener cabida si queremos progresar. Nunca se construye una sociedad mejor generando odios o quitando derechos…

Tal parece que aún es necesario seguir aclarando que el feminismo no es machismo. Tampoco machismo con faldas. Hasta la nada feminista Real Academia Española de la Lengua lo deja bien claro, el feminismo es “el principio de igualdad de derechos de la mujer y el hombre”.

El problema es que, quienes no tienen argumentos para desmontar un principio tan legítimo, justo y democrático, quieren retornar a una caza de brujas y propiciar una organización social en la que las mujeres seamos ciudadanas de segunda.

Luchemos, pues, todos y todas para que todos los días sean 8 de marzo, para seguir tratando de construir un mundo más igualitario, un mundo mejor para cualquier ser humano.

No permitamos ni un paso atrás…

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